Sobre el escándalo por las declaraciones de J. Cárdenas

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19 jun 2017 - 08:00 h
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<p>Sobre el escándalo por las declaraciones de J. Cárdenas</p>

Actualmente no hay ningún debate científico sobre la relación entre las vacunas y los trastornos del espectro autista: las vacunas, definitivamente, no causan autismo. En la ciencia médica nada es verdad absoluta, pero, en esta cuestión, todas las evidencias apuntan en la misma dirección: ninguna relación. Es importante destacar que el descrédito de las vacunaciones en este campo, partió de un estudio inglés de 1998 que se comprobó fraudulento en 2010, no sin antes causar un daño irreparable a miles de familias y niños a lo largo y ancho de todo el mundo.

Cualquier cuestionamiento de la seguridad de las vacunas debe basarse en datos objetivos comprobables. En el caso del autismo y las vacunas, es, por tanto, un falso debate, y abrirlo equivale a remover un viejo bulo, una falsedad. Y, además, hacerlo en los medios de comunicación supone un riesgo elevado en términos de salud pública, por su capacidad para orientar las decisiones de las familias aumentando de forma innecesaria las reticencias hacia las vacunaciones. Se sabe, pero por estar integrado en lo cotidiano se nos olvida, y nunca está de más recordarlo: las vacunaciones son un precioso bien que salvan innumerables vidas, protegiendo no solo a los vacunados sino al conjunto de la población. Derrochar este potencial, sobre todo en las regiones del mundo con escasos recursos, es imperdonable.

Los comunicadores, como Cárdenas, saben de la influencia de sus palabras, gestos y ejemplos en la población. Por esto, en ellos las exigencias éticas de rigor y de responsabilidad profesional alcanzan los máximos niveles. Y, sin duda, las palabras de Cárdenas, carentes del mínimo rigor, no respetaron estas premisas profesionales básicas. Quizás, más allá de sus palabras, buscaba deliberadamente solo protagonismo, poniendo, si así hubiera sido, sus intereses personales por encima de otros del ámbito colectivo.

Del mismo modo, los médicos y demás sanitarios deben abordar las dudas e incertidumbres propias del desempeño de la profesión en el terreno de las vacunas con el máximo rigor, buscando la protección de la población susceptible, con la mayor seguridad y efectividad y menor coste posible. Así, resulta fuera de lugar la confusión no inocente entre correlación y causalidad, por ejemplo cuando a la presentación coincidente en el tiempo de hechos independientes se le atribuye la categoría de prueba de causalidad. Esto, junto a las posiciones de “esta vacuna sí, esta vacuna no” llamando a rechazar algunas vacunas y la exigencia anticientífica del riesgo cero, hace un daño irreparable a la credibilidad de los programas de vacunación.

Las vacunaciones no deben, en modo alguno, quedar fuera del debate social, pero éste debe ser riguroso y conducido en los medios de comunicación, redes sociales y en el ámbito profesional y científico con responsabilidad y transparencia. La necesidad del desarrollo de programas de vacunación seguros, efectivos y eficientes, y de garantizar el acceso en condiciones de equidad a toda la población, hace que los objetivos de salud pública (entre ellos, las vacunaciones) deban ocupar un lugar preeminente, de prioridad, en la agenda social y política. Así, se pondrán los medios para avanzar en los objetivos globales de salud propuestos para los próximos años.

El caso del autismo y las vacunas es un falso debate y abrirlo equivale a promover un viejo bulo, una falsedad

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