La inmunooncología avanza lentamente a la espera de encontrar biomarcadores

Su campo de acción se amplía abarcando, además del melanoma, otros tumores como vejiga o pulmón
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06 jun 2014 - 16:00 h
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Aunque no tanto como quizás se esperaba, la inmunooncología ha seguido teniendo protagonismo en la 50 Reunión Anual de la Asociación Americana de Oncología Clínica (ASCO), celebrada en Chicago la pasada semana. La falta de contar con biomarcadores que definan en qué pacientes puede haber una respuesta a los fármacos sigue siendo un escollo para el impulso definitivo de estos medicamentos.

Los dos campos de acción en los que se trabaja son: conseguir que la célula tumoral sea más visible al sistema inmunológico, y al mismo tiempo, que la acción del sistema inmunológico frente al tumor tenga una suficiente intensidad y continuidad para lesionarlo. De este modo, en las reuniones previas ya se había conseguido identificar el papel de la molécula CTLA-4 y este año se ha consolidado el papel de la interacción entre la célula tumoral y la del sistema inmune (PD-1 y PD-L1). “Cuando inhibimos la interacción entre esas dos moléculas conseguimos que se ponga en marcha la amplificación de la señal inmunológica frente al tumor llegando a tener un efecto real antitumoral”, comentó Jesús García Foncillas, jefe del Servicio de Oncología de la Fundación Jiménez Díaz que apunta a que con respecto al año pasado el campo de la inmunoterapia se ha abierto a otros tumores inmunosensibles además del melanoma como vejiga, próstata o pulmón.

De este modo los resultados de ASCO confirman que, más allá del tipo de tumor, son determinadas características del paciente lo que determina su respuesta al tratamiento. “Se ha valorado inicialmente si la expresión por parte del tumor del ligando del PD-1 pudiera ser el biomarcador que definiera a los pacientes que responden, pero esto no es igual en todos los tumores y varía según se utilice un anti-PD-1 o anti-PD-L1”, comentó García Foncillas al tiempo que apostilla que no es que haya habido “un proceso de parón” sino que en la inmunooncología es probable que los biomarcadores haya que ponerlos en contexto entre los elementos celulares responsables y las células inmunoreceptoras. “Es una ‘parada’ para seguir adelante y realizar una revisión activa de los datos de los que disponemos en la parte de las muestras de los ensayos clínicos para buscar esos biomarcadores”, sostuvo. De este modo, lo que sucede con los anticuerpos PD-1 y PD-L1 es que no provocan los mismos efectos. “No es cuestión de elegir solo un anti-PD- L1 o PD-1, sino de profundizar más en qué subgrupos de pacientes se benefician más de uno o de otro. Esto abre muchos interrogantes sin respuesta en este momento”, insistió.

En este sentido, el doctor Enrique Grande, del Servicio de Oncología Médica del Hospital Ramón y Cajal, destacó los resultados del anti-PD-L1 de Merck, en fase I, en melanoma metastásico a distancia, que muestra una tasa de respuesta de más del 50 por ciento. “El problema que tenemos es que no todos los pacientes con expresión alta de PD-L1 responden y que no todos los pacientes que no expresan PD-1 no responden”, incidió al tiempo que señala que en los pacientes respondedores no sólo se consigue aumentar la supervivencia en tiempo sino en calidad. “Con el anti-PD-L1 conseguimos una tasa de respuesta que no se veía con la quimioterapia tradicional o incluso con las nuevas dianas y tenemos una supervivencia libre de progresión entorno a los 11 meses”, concluyó.

También en fase I se encuentra el anti-PD-L1 de Roche, que muestra una capacidad del 43 por ciento para reducir el tumor en pacientes con cáncer vejiga metastásico en pacientes que habían recibido tratamiento previo y con tumores definidos como PD-L1 positivos.

La vía de la hipoxia

Otra de las vías más novedosas de la que también se presentaron algunos estudios se sitúa en el campo de la angiogénesis. Basándose en que la señal que activa la formación de vasos nuevos es la pérdida o disminución de los niveles del oxígeno del tumor, es decir, la hipoxia, se están desarrollando fármacos que son capaces de poner en marcha acciones que actúan lesionando el ADN de la célula tumoral y no el de las células normales.

“Aunque depende del reclutamiento final de pacientes que se haga, mi impresión es que tanto estos fármacos como los inmunooncológicos van a salir muy a la par. La clave es no plantear un fármaco de amplio espectro, sino de espectros reducidos con máximos beneficios”, corroboró García Foncillas.

Al respecto, para Grande, el fármaco más prometedor en este campo es TH-302, desarrollado por Merck, que ha mostrado su aplicabilidad en cáncer de páncreas y sarcoma de tejidos blandos y en estudios en fase III y se está investigando en tumores malignos hematológicos y sólidos en fase I. “En condiciones de hipoxia libera un quimoterápico, con lo cual, no actúa en los tejidos sanos. Probablemente dispondremos de la aprobación para cáncer de páncreas y sarcomas este año”, acotó. Así, por ejemplo, la supervivencia total de un paciente con cáncer de páncreas oscila entre los seis meses y los ocho meses con los fármacos actuales, con esta molécula se pretende aumentar esas cifras un 15-20 por ciento. “En lo que respecta a sarcoma se trata de una necesidad no cubierta en oncología. TH-302 es una nueva alternativa complementaria con la misma o más efectividad que los fármacos actuales pero con menos toxicidad”, concluyó Grande.

“Hemos hecho una ‘parada’ para seguir adelante y realizar una revisión activa de los datos de los que disponemos”

Es necesario profundizar
en qué subgrupos de pacientes se benefician más de uno o de otro fármaco

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