La lección del ‘viejo Rock’ del SNS

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En retrospectiva, resulta fácil hablar de los éxitos de un ex ministro. Pero ninguno lo tuvo fácil. Si sus proyectos tuvieron final feliz, fue por la amplitud de miras de sus protagonistas
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22 oct 2018 - 08:00 h
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Apunta un dicho no oficial que lo mejor de ser ex ministro es que el riesgo de meter la pata es inexistente, lo que permite hablar con mayor claridad. Algo de ello hay, sin duda, cuando se tiene la oportunidad de asistir a una reunión tan poco habitual como la que reunió en el XXV Congreso de Derecho Sanitaria a cuatro ex titulares de la cartera sanitaria. Cuatro experiencias, cuatro historias vivas de la Sanidad, que no fueron escogidas por azar para hablar sobre los últimos 25 años de la legislación sanitaria. Todos ellos ocuparon la cartera en momentos clave y tienen todavía mucho que decir. Para los oídos que estén dispuestos a escuchar, claro.

Enrique Sánchez de León creó el Ministerio de Sanidad, el Insalud y el Ingesa; introdujo la Atención Primaria y las gerencias hospitalarias y fue el primero en hablar de Alma Ata. Julián García Vargas, que tuvo que hacerse cargo de la Ley General de Sanidad nada más llegar al cargo, fue el impulsor del Informe Abril. A José Manuel Romay Beccaría se debe la estabilidad institucional legislativa en Sanidad: una ley frente a cuatro en el ámbito educativo en el mismo periodo. Ana Pastor hizo el que es el mejor intento hasta la fecha de completar la Ley General de Sanidad, con la Ley de Cohesión y Calidad, por no mencionar la LOPS, el Estatuto Marco o la Ley de Autonomía del Paciente.

En retrospectiva, resulta fácil hablar de éxitos. Pero ninguno lo tuvo fácil. Cada uno de esos éxitos lleva detrás un ‘calvario’. Se puede recordar el momento de gestación de la Ley General de Sanidad, en la que se enfrentaban dos modelos: quienes favorecían un SNS concebido como monopolio público estatal y los partidarios de una descentralización; o el momento que se optó por cambiar el sistema de financiación, porque la vía de las cotizaciones no bastaba para mantener la sanidad y las pensiones.

No debieron ser debates fáciles. Y si tuvieron un final feliz fue sin duda por la amplitud de miras de sus protagonistas, porque todos creaían que la Sanidad no era un arma arrojadiza, sino una herramienta para proteger la salud. Esto debería valer para quienes hoy —ya sean gestores, políticos o profesionales— se niegan a los acuerdos, tan necesarios hoy como hace 25 años. La Sanidad no va de profesiones, ni de signos políticos; va de empeño, dedicación y profesión.

La Sanidad no va de profesiones, ni de signos políticos, sino de empeño, dedicación y profesión

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