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08 sep 2017 - 15:00 h
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<p>Ciencia para la acción en Barcelona</p>

La ciencia es un antídoto frente a la recurrente tentación cortoplacista que suele impregnar las decisiones políticas concernientes a la promoción de la salud y la organización de los servicios sanitarios. En contra de lo que parece haberse instalado en el inconsciente colectivo de demasiados responsables políticos, la máxima “ciencia para la acción” no es un oxímoron. Ciencia y acción no están reñidas, sino que el puente que las une —la implementación— depende de instancias habitualmente renuentes a adoptar medidas científicamente solventes, pero políticamente costosas. A esto se suma el desconocimiento o el desdén que, con demasiada frecuencia, aflora entre los gestores públicos, que prefieren abrazar, como motivación de sus acciones, principios como la costumbre, la experiencia o la intuición, en lugar de guiarse por métodos y procedimientos científicamente validados.

Del el 6 al 8 de septiembre Barcelona ha sido escenario de la celebración conjunta, por vez primera, de los encuentros anuales de tres de las sociedades científicas españolas más comprometidas con el diseño informado —sobre bases empíricas debidamente contrastadas— de las políticas públicas encaminadas a mejorar la salud de la población y la eficiencia y equidad del sistema sanitario en su conjunto.

La Asociación de Economía de la Salud (AES), la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) y la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (Sespas), sociedad matriz a la que pertenecen las dos primeras, han concitado en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona a más de 1.000 expertos nacionales e internacionales en economía de la salud, gestión sanitaria, epidemiología y salud pública, con el objetivo común de subrayar que toda acción pública en materia de salud debe nutrirse de mimbres científicos.

Como bien dijo Margaret Chan, expresidenta de la Organización Mundial de la Salud, “todos los ministros de un gobierno son ministros de salud”. Así lo avalan todas las investigaciones epidemiológicas y económicas efectuadas hasta la fecha, que evidencian el peso de las desigualdades sociales como determinante de los problemas de salud. Esa “patología” de base social contagia a su vez a otros determinantes de la salud como la dieta o el consumo de tabaco o alcohol, configurándose así un círculo vicioso del que resulta difícil escapar: sin políticas que planteen explícitamente combatir las desigualdades sociales, hay en relación a la salud, como sucede en otros aspectos económicos, una “trampa de la pobreza”.

En consecuencia, el eterno debate en torno a la dimensión y recursos del sistema sanitario público resulta con frecuencia parcial, por miope, habida cuenta que adolece del sesgo de la mentalidad “silo” que lleva a establecer una relación exclusiva y lineal entre (más) sanidad y (mejor) salud, obviando la naturaleza plurideterminada de ésta. Para desafiar esta suerte de pensamiento único tan afianzado (y tan extraviado) sirve, entre otros propósitos, la ciencia.

El eterno debate en torno a la dimensión y los recursos del sistema sanitario resulta con frecuencia parcial, por miope

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