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30 ago 2019 - 08:00 h
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<p>Ictus</p>

El ictus es actualmente uno de los problemas socio-sanitarios más importantes, que precisa de estrategias concretas para su manejo y control. Una de ellas es el código ictus, un procedimiento de actuación sanitaria basado en el reconocimiento precoz de los síntomas con el traslado inmediato de los Servicios de Urgencia a un hospital a las unidades de ictus, en un tiempo inferior a dos horas desde el inicio de los síntomas.

Existen una serie de criterios de inclusión. El inicio de los síntomas a la puerta de un hospital debe ser menor de 9 horas o a una hora desconocida. Además la situación basal del paciente: Escala de Rankin Modificado igual o inferior a dos y debe existir déficit neurológico en el momento del diagnóstico, así como la presencia de alguno de los síntomas de sospecha esta enfermedad. Los más comunes son el entumecimiento, debilidad o parálisis repentina de la cara, el brazo o la pierna de un hemicuerpo, confusión repentina, dificultad para hablar o entender y pérdida de visión brusca de uno o ambos ojos. Otros síntomas pueden ser la cefalea intensa, repentina y sin causa aparente asociada a náuseas y vómitos (no achacable a otras causas) y la dificultad para caminar, perdida de equilibrio o coordinación.

Por otra parte se excluyen aquellas situaciones que no cumplan los criterios diagnósticos de ictus: si llevan más de 9 horas de evolución de los síntomas, en pacientes con gran dependencia (escala de Rankin Modificado igual o mayor a 3). También si es una situación clínica de enfermedad avanzada irreversible o en pacientes con demencia moderada o grave.

Hay que recordar que los términos accidente cerebrovascular, ataque cerebral o, menos frecuentemente, apoplejía son utilizados como sinónimos del término ictus.

Por lo tanto, puede producirse tanto por una disminución importante del flujo sanguíneo que recibe una parte de nuestro cerebro como por la hemorragia originada por la rotura de un vaso cerebral. Es decir, en el primer caso hablamos de ictus isquémicos; son los más frecuentes y su consecuencia final es el infarto cerebral: situación irreversible que lleva a la muerte a las células cerebrales afectadas por la falta de aporte de oxígeno y nutrientes transportados por la sangre. En lo que respecta al segundo caso son los ictus hemorrágicos; menos frecuentes, pero con mayor mortalidad. Como contrapartida, los supervivientes de un ictus hemorrágico suelen presentar, a medio plazo, secuelas menos graves.

Además de los síntomas anteriormente descritos, me comenta el Dr. Jaime Masjuán, Jefe de Neurología del Hospital Ramón y Cajal, que estos aparecen habitualmente de modo súbito y con el gran handicap de que la mayoría de las veces no hay dolor de cabeza (que es un signo de alarma importante). “Eso hace que muchos pacientes no reconozcan esto como una enfermedad muy grave y en vez de solicitar ayuda médica urgente esperan en casa a que se les pase”, afirma el especialista

Como saben, es una patología que está relacionada con la fibrilación auricular, la arritmia cardiaca más frecuente, ya que multiplica por cinco el riesgo de sufrir un ictus. Para evitar riesgos es muy importante un correcto tratamiento preventivo con anticoagulantes. Sin embargo, afirma el Dr. Masjuán, que España está a la cola de Europa en el uso de los nuevos anticoagulantes orales, por detrás de países como Alemania, Inglaterra, Grecia o Portugal. Además, la falta de conciencia en nuestro país hace que haya un alto grado de incumplimiento terapéutico, y se calcula que el 35% de los enfermos anticoagulados no está bien controlado. Un aspecto en el que se debe seguir trabando. Seguro.

La fibrilación auricular multiplica por cinco el riesgo de sufrir un ictus

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